24.3.09

Grupo Etcétera: el arte del nunca más, el surrealismo, el errorismo.-


El menemato, con su consolidación del modelo neoliberal instaurado por la última dictadura militar, la carpa docente, el primer piquete en Cutral-Co y los escraches a represores indultados, fue el escenario de surgimiento del Grupo Etcétera, que acompaña con el arte callejero reclamos sociales que tienen al menos 33 años. Con el surrealismo como herramienta y la verdad, la memoria y la justicia como objetivos, intentan recuperar mediante las prácticas artísticas de su generación aquellos valores por los que lucharon sus familiares desaparecidos. Todo mediante una nueva filosofía artística: el errorismo, la libertad de pensamiento por fuera del miedo al equívoco.


Por Nahuel Lag
Fotografías de prensa de Grupo ETC

Buenos Aires, marzo 24 (Agencia NAN-2009).‑ Durante el “menemato”, entre 1989 y 1999, el sistema económico neoliberal instaurado por la última dictadura militar llegó a su punto más feroz, condenando a gran parte de la sociedad a la pobreza y negando a 30 mil desaparecidos a través del indulto a sus responsables. La carpa blanca docente, el primer piquete en Cultral-Co, comenzaron a ser respuestas de una sociedad que empezaba a recuperar su voz. Ésa fue la coyuntura que marcó el nacimiento del arte callejero del Grupo Etcétera (ETC) y los escraches junto a H.I.J.O.S, con el surrealismo como herramienta para recuperar los sueños de modificar la realidad social. A 33 años del último golpe militar, Agencia NAN se reunió con dos de sus fundadores para reconstruir aquel arte de participar en política y empezar a descifrar el surgimiento de una nueva filosofía: el errorismo.

“No había una discusión política de cómo construir socialmente la memoria. Nuestra generación volvió a reflexionar sobre la memoria, la justicia y los Derechos Humanos en una época en que estaban siendo pisoteados, aún en democracia. Para dar cuenta del por qué de la desaparición de 30 mil personas: no era por tres milicos locos que se subieron al poder sino porque había una causa política estratégica en busca de un sistema económico”, explicó Loreto Garín, que llegó a Argentina tras exiliarse con sus padres de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, sobre aquellos días de fines de la década de 1990.

Con la negación histórica que proponía el gobierno de Carlos Menen, Federico Zukerfeld, que aún tiene desaparecido a su tío Luis, aseguró que ésa situación era “una herida abierta” para los integrantes del grupo que habían sufrido la desaparición y la persecución en sus familias. Sin embargo, consideró que permitió “avanzar mucho en la concientización. Hace diez años, las leyes de Obediencia y Punto Final y el indulto a los responsables estaban legitimadas, la gente te seguía diciendo `zurdo de mierda´, `setentista´ y nadie se preguntaba por qué los militares estaban en sus casas, pero la presión social avanzó hasta un punto en el que si el cambio no provenía del gobierno, lo haría la sociedad”.

“No podíamos dejar abierta aquella herida que aún sufríamos con casos como los de Walter Bulacio, porque era la misma impunidad, la de resolver las cosas cagándote de un tiro y después tirándote a una zanja. Así se iban a acabar los obreros, los periodistas, los artistas”, sentenció Zukerfeld.

Desde 1997, los jóvenes artistas de Etcétera y otros grupos de colegas surgieron en el mismo proceso que HIJOS para colaborar con la presión social que desde el principio llevaban adelante las Madres de Plaza de Mayo. La expresión de esa presión eran los panfletos, que luego aparecían en una obra de teatro con la casa de Leopoldo Galtieri --“presidente” de la última Junta Militar dictatorial-- o Emilo Massera --integrante de la Junta Militar que dio el golpe de 1976 y responsable del centro clandestino de la ESMA-- como escenografías donde descansaban gracias a la impugnación menemista y los vallados de la policía, pero vencidos por las bombas de pintura que “marcaban” las casas de genocidas.

--¿Cómo fue vivir aquellas marchas y escraches?
--FZ: La obra artística funcionaba como distracción para la policía. Era una especie de lubricación para la protesta, una estrategia de guerrila urbana. Generaba catarsis y emoción, ya que no hacíamos algo realista sino que el militar era un tipo simpático, gracioso con el que después de varias veces las Madres dialogaban. Nos manejamos con humor negro, con "humorbo".
--LG: El humor permite entrar en un espacio muy fino y hacer hincapié en conflictos y situaciones que tomadas desde otro lado son complicados. El humor juega entre el inconsciente y la incomprensión, resultando más disparador que el mensaje directo. Algo interesante fue el lenguaje que se generó con los demás grupos que participaban del escrache, algo festivo y dramático, humorístico y sarcástico, justicia popular y fiesta. Una mezcla que nos permitía mediante prácticas de nuestra generación recuperar los valores de la de nuestros padres.
--FZ:- Siempre tiene que haber una parte de la sociedad que funcione como un riñón, que traiga lo pasado, reciclándolo. En ese sentido, nosotros éramos la axila de las manifestaciones.

Aquel salir a la calles con megáfonos y bombos que en algún momento hizo a los ETC ganar el mote de “ejecutivos del quilombo” se identificaba con “un tipo de arte en la calle que no se comercializa y que es participativo”, indicó Loreto, y que aparecía como “un espacio de reflexión y de memoria, de trabajar con los barrios” donde vivían los represores, pero con la idea de, frente a los miles de manifestantes que eran un público de ensueño para los novatos artistas, “establecer un sentido comunitario, un contacto con la persona, donde el público no es público, dónde no podés tener todo controlado”.

--¿Cómo explicarían aquel fenómeno?
--LG: La elección de la utilización del cuerpo y la teatralidad para participar de los escraches era metafórica, venía a ser el cuerpo de una generación que quería ser protagonista. Dejando atrás una postura consumista y pasiva en comparación a la de nuestros padres, que a los 18 años eran torturados por querer transformar la realidad. Era tomar riesgos: averiguar dónde vivía el militar, seguirlo, tomarle fotos, repartir volantes, y actuar durante las marchas.
--FZ: Si las generaciones de jóvenes de las décadas de 1960 y 1970 tenían en claro que se hacían adultos a los golpes, nuestra generación estaba infantilizada, estupidizada por influencia de los medios de comunicación. Lo mismo ocurría con la estética en la década pasaba, cuando el arte dominante trataba de evadir el pensamiento crítico o aparecía en forma de burla o ironía. La estupidización, el vaciamiento, la simplificación de las cosas, estaban en todas las disciplinas artísticas porque era mejor para el mercado construir actores, pintores, poetas, o intelectuales a admirar que no tuvieran esa carga de las décadas de lucha. Creo que nuestro rol consistía entonces en dar un giro en lo estético y lo simbólico.

Y ése impulso para generar el giro estético lo encontraron al ocupar la casa del artista surrealista Juan Andralis, que durante la década de 1950 formó parte del grupo de París encabezado por André Breton. Una casa que “traspiraba poesía visceral” y donde entraron a “piratear el surrealismo”, describió Zukerfeld.

--¿Por qué se definieron como surrealistas cuando sus intervenciones se inspiraban en los horrores de la sociedad?
--LG: Nos encontramos con el surrealismo cuando en la universidad nos hablaban del fin del los “ismos” y de las vanguardias. En política, el intento revolucionario había sido fallido y entonces no había posibilidad de cambiar la realidad. Pero el surrealismo es real, es la reivindicación de ese estado puro de la adolescencia donde gana el inconsciente sobre el conciente. Entonces, significó pensar que la realidad no era lo que veíamos sino lo que percibíamos, creer que existía una sub realidad y decir somos los nietos del surrealismo, queremos ser revolucionarios y tenemos derecho a serlo.

El impulso que los llevó a luchar por la condena de los represores también les permitió “registrar el rechazo generacional hacia la política, tomada como algo serio y aburrido, y romper con ése mito”, aseguró Garín. Mientras que Zukerfeld detalló que la participación del grupo en HIJOS les permitió dar cuenta de que “se había borrado una forma de hablar --servicio, plenario, asamblea--, una cultura, una forma de organizarse, de realizar el análisis de una coyuntura”.

Con las marchas como punto de partida en los escraches --el último fue el “escrache móvil”, una recorrida por las casas de todos los dictadores-- las performances se multiplicaron al igual que las causas. Las intervenciones o happenings se dieron en reacción a “mega eventos culturales” como el “Libro Libre” contra la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires o el “ArteBIENE” en respuesta al ArteBA. También realizaron intervenciones en denuncia de las injusticias de la democracia con el mítico “El mierdazo”, para desenmascarar a los políticos con “El ganso al poder”, para apoyar al movimiento piquetero con “¡Aguante Miguelito!” o para dar su respaldo a las fábricas recuperadas con la participación del “Ceramicazo” de Zanón. La lista de reivindicaciones sigue.

Y si con la participación en HIJOS tomaron conciencia para revertir la lógica de una generación despolitizada, con el oficio de salir a las calles consiguieron una identidad artística para denunciar problemáticas sociales independientemente de los espacios que las toman como banderas. “Nos preocupa el conflicto de clase más allá de que un momento sea por Zanón o por los jubilados, y como grupo entendíamos las limitaciones de actuar dentro de cada espacio sectorial para no comprometer su lucha. Entonces comenzamos a tomar nuestras responsabilidades, a actuar de manera independiente para proteger al máximo toda propiedad del arte”, precisó la artista chilena.

La decisión del grupo tomó identidad en 2005, cuando el ex presidente de Estados Unidos George Bush llegó a Mar del Plata para la Cumbre de la Américas, y la “Internacional Errorista” comenzó su andar inconstante y sorpresivo, además de participar en movilizaciones en el extranjero.

--¿Sigue actuando el “errorismo”?
--FZ: - El “errorismo” está a full en lugares que ni vos ni yo nos imaginamos. Es algo con aún no tiene una forma definida. No es un colectivo, no siempre son los mismos grupos. Lo interesante del “errorismo” es que tiene un aspecto filosófico más pronunciado. Lo de Etcétera en estos 10 años fue pura negación, cuando hacíamos una afirmación era por la negativa: ¡Esto es lo que no queremos! Con el “errorismo” comenzamos a desarrollar lo que sí queremos, aunque es paradójico porque lo que queremos es el error. Pero sí, lo aceptamos, nos parece espectacular. No nos van a acorralar más, con el “errorismo” somos libres de pensamiento porque no hay miedo a equivocarse. Porque aunque crea que estoy acertado, igual me voy a equivocar. El ser humano tiene el concepto del error y lo vivimos como angustiante, pero el error es positivo y es inevitable.

Para avanzar en la nueva filosofía, el grupo se encuentra analizando su pasado (otra vez) para publicar un libro sobre sus experiencias artísticas, para poder transmitirlas y seguir adelante, porque “uno se va muriendo si repite”. Aunque, más bien, será una “volver a los orígenes” realizando campañas gráficas y tomando espacios públicos sorpresivamente. Así lo hará la Internacional Errorista durante 2009 en el marco del “Bicentenario errorista, 200 años de error”. “Es para reflexionar críticamente sobre el conflicto de la independencia”, adelantó Loreto, mientras su compañero se contentaba con volver a “entrar en la experimentación, frente a un nuevo escenario social con este gobierno”.

--¿Cómo analizan la política de Derechos Humanos de los gobiernos kirchneristas?
--FZ: Es raro entenderlo, parece que formara parte de un plan. A corto plazo quedamos satisfechos, se ve el avance en los juicios, se recuperan identidades, los centros de detención se transforman en espacios de memoria. El problema es cómo van a quedar a la larga muchos de los responsables de la dictadura que aún hoy detentan poder. Por ejemplo, José Alfredo Martínez de Hoz, que fue el culpable de la creación de la deuda externa y continúa siendo millonario.

--¿Cómo deciden cuándo realizar una intervención si las consignas que llevan tienen una vigencia permanente?
--FZ: ¡Me encanta, me encanta! Es lo que me mantiene enamorado, lo que me fascina. Es la parte más erótica de la creación: el momento en que decidís hacerlo y no sabes por qué. Es una mezcla de intuición, de condiciones sociales, climáticas, todo al mismo tiempo. Depende del clima, del ímpetu de todos los que van a participar, de los horarios de cada uno, de los que quedan afuera. Pero siempre hay un momento en el que se toma la decisión y la realidad es que siempre uno contagia a otro y a otro, y a partir de allí se da quórum o no.

La entrevista finaliza pero en el aire queda la expectativa de lo que viene. Sabiendo que las calles se pueden llenar de arte y política sin cometer aquel error de que el “silencio es salud” y sin miedo a equivocarse por intentar transformar la realidad, una, dos, mil veces más.


Intervenciones del Grupo Etcétera:
http://www.youtube.com/watch?v=LgYsacLxo_k&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=8P652aVnmH8&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=KVumX2TVxlk
http://www.youtube.com/watch?v=PyWbSiyQilU&feature=related

3.2.09

La Falta y Resto en La Trastienda.-


La histórica orquesta murguera uruguaya cambió de lado del Río de la Plata para dar una show en el boliche de San Telmo. Fueron casi dos horas de aquel ritmo que aquí intentó desterrar la última dictadura, aquellos sonidos perdidos cuando se perdió el Carnaval. La consigna estuvo clara --“Anarquía es Carnaval”--, la guitarra precisa y la batería por partes.


Por Nahuel Lag
Fotografía de prensa de Falta y Resto

Buenos Aires, febrero 3 (Agencia NAN-2009).- Las calles de empedrado que suben y bajan hacía el río, la arquitectura colonial, las esquinas con padres e hijos separando cartón para vender. Dos filas: una para quienes estarán de pie y otra para quienes eligieron recibir las vibraciones de la percusión y el timbrar de los vocalistas sentados alrededor de una mesa. Ese fue el marco para que la Falta y Resto --y sus cinco mil tablados de experiencia-- trajera, el último viernes de enero, la historia, los ritmos y las contradicciones sociales del Río de La Plata a La Trastienda de San Telmo. El mismo viernes mientras, del otro lado de la orilla, Araca La Cana, Los Demonios Verdes y La Gran Muñeca, entre otras, esperaban la llamada de apertura del carnaval montevideano.

Unos 400 filomurgueros coparon la capacidad del boliche porteño con ansias de escuchar lo que fueron a buscar: casi dos horas de ese ritmo desterrado por la última dictadura en la orilla occidental rioplatense y que desterró y resistió a la última interrupción militar en la orilla oriental.

El lugar para intentar una corrida, “Rey Momo” en mano, escaseaba. Una señora en la platea, decepcionada porque ninguna “bombucha” de agua iba a impactarla y refrescarla, sacó su abanico y sacudió el aire a su alrededor, cuando faltaban 20 minutos para que La Trastienda se convirtiera en La Trasnoche y una brisa de alegría uruguaya pusiera en escena a los 13 integrantes de la Falta.

“Rascá… la cáscara…” La guitarra criolla de Andrés Vazques lanza los primeros acordes y el coro calienta las cuerdas con el “Baile de más caras”. De galera, como corresponde al director de la murga, Gerardo “Alemán” Dorado es la primera voz que toma protagonismo por encima del colchón que forman las otras ocho, guiadas por él entre ademanes de directo de cámara, de espaldas al público.

El que le hace frente a los porteños es Raúl “Tintabrava” Castro, fundador de la murga junto al difunto Jorge Lazaroff, autor de la letra que presentó a la murga. Para no contrariar a la señora del abanico, reconoce: “Cálido el ambiente”, pero dice es porque están en su casa. Porque, claro, la Falta saltó el charco por primera vez para tocar en La Trastienda y grabó su primer disco en Argentina con el sello homónimo. “¡Volvió La Falta!”, segundo tema y fin de la etapa de presentación.

“Los hombres de corbata que quisieron ser murguistas y no fueron a ensayar”, entonan los primos, sobreprimos, segundas y tercias del coro rojo, negro y blanco --colores clásicos de la murga nacida en 1981--, salteado entre sacos, camisas, corbatas y pantalones. “El letrista” es el tema que condena el olvido: “Cuándo se resolverá el conflicto de las papeleras”, aparece el dilema que divide al “país grande” del “país chico”, en la voz aguda y áspera del más bajito e histriónico de la murga, Orlando Da Costa.

“El poder” y “El Deschave” se ponen en marcha entre los repiques de la batería formada por los platillos del debutante Sebastián Drego, el bombo de Gastón “Ratón” Angiolini y el redoblante de Franco Perdomo. “Si yo fuera el dueño de esta murga”, corean todos contra el poder de Dorado que, como el resto de los rojinegros, recrea el baile desarmado del murguero, sobre el corsé en que se convierte el angosto tablado porteño.

“Parece la momia de titanes en el ring”, lo deschava Da Costa en su rol de cupletero. “Se hacen los militantes y jamás fueron a una pegatina”, apunta el hombre con más carnavales encima. “Somos puros como el agua”, se defienden los murguistas, mientras otros resignados se retiran indignados por el pasillo que quedó entre las mesas, donde estallaron las primeras risas de la noche.

Pero el rulo del bombo los regresa al escenario para confesar: “Son los payasos simples hombres (…) esta es la Falta, que la acepten o la ejecuten”. Los aplausos cerrados dan el perdón.

“Desde hace”, “Ratón”, “Telenovela”, “Cada noche” y “Nunca vista” le pusieron música al popurrí de “Televisión en tercera dimensión” que, aún sin estar enfundados en tubos de lycra para representar monitores de TV (como lo hicieron en el Carnaval de 1993), continuó enlazando a la murga con el público a través de las risas.

Después del show televisivo, TV off. Se apagaron las luces del escenario para que sólo las voces se encargaran de trasportar a la gente a las calles de Montevideo, antes de “Nunca vista”. Ya con el clima montevideano envolviendo las mesas, y a los de pie, llegaron “Las luces del estadio” para retratar las noches de boliche “aguantando el mostrador”.

Preludio ideal para que Castro se calce saco y sombrero tanguero e interprete a “Tatita”, el borracho encargado de contar la historia del primer escrachador de la burguesía uruguaya, que quedó inmortalizado en el espectáculo de la Falta para el Carnaval de 2007: “Anarquía, la leyenda de la murga del Viruta”.

Tachito en mano a modo de redoblante, sombrero, lentes oscuros y traje, Da costa fue el encargado de dar cuerpo a las historias de Viruta. Cada escrache, una entrada a la “lonera” (cárcel). “Buenas tardes, señor agente. Yo estoy del lado de los pobres ¿y usted?” ¡Fiuf!, se lo llevan a Viruta, después de protestar contra los ganaderos, los textiles o las señoras ricas que veranean en el Este.

“Izquierda y derecha” pone en escena la crítica a la dirigencia política de todo credo y hace que se luzca en su función solista-tercia Jorge “Coca” Vidal, además de afirmar la idea con la que empezó el popurrí de Viruta: “Anarquía es Carnaval”.

Leonardo Monteverdi irrumpe con la voz más grave de los primos del coro y comienza “Bajada”. “Lara, lara, larai, rara” es la melodía de la bajada que logra despertar a todo el público. Se animan a hacerle sombra a las voces de arriba del tablado. Los aplausos y el revoleo de un buzo en la platea, al estilo La Sole, le dan el toque autóctono.

Toc, toc, toc suena la latita de Viruta, como preludio de su verso más triste, dedicado al “Último día” del Carnaval y al que Javier Carvalho, una de las voces jóvenes más reconocidas de Uruguay, le pone su impronta. “El cansancio de Pierrot --el payaso del carnaval--, se termina la trasnoche, se cierra el tablado. Nos vamos”. La murga se enfila en trencito antes de perderse atrás del telón.

Pero, fiel a las idas y vueltas que se acostumbran ver en los recitales de rock, la retirada es un amague y la Falta despliega, luego, los bises que quedan. “Colombina” rompe con el quietismo teatral del público de las mesas y logra que una mujer se levante de su silla: la música la induce y el cuerpo lo pide. “Adiós Juventud”, otro tema de Jaime Ross, incluido en el disco Brindis por Pierrot (1986), el más vendido en la historia de Uruguay; hace que el rulo del tambor repique y los rulos de la cabellera de una chica reboten bajo la escalera.

Entre muecas de baile, los rojinegros se desdoblan mientras suena la batería y quedan rígidos frente a los micrófonos, como marionetas que obedecen al manejo de Pierrot, cuando los versos deben seguir andando. Y cuando el clima cálido pasa a ser de carnaval, “Se va la Falta”. Un estreno que será la retirada del concurso, cuando la Falta vuelva a pasar un febrero en las calles de Montevideo. Con “Dicen”, la retirada del concurso de 1982, la batería baja del tablado junto a “Tintabrava”.

“Un verso que surge claro y que queda entre la gente, es mucho más importante que un cantar grandilocuente”. La frase queda y rebota, el tablado ya vacío. No hay ni murga, ni gente de pie, ni sentada, sino Carnaval entre todos. Las puertas se abren y el sonido se escapa por el empedrado a la Costanera sur y más allá.

22.1.09

Subcoop (o cómo contar historias a través de imágenes).-


“De alguna manera, el proyecto tiene ese trasfondo político que significa intentar trasmitir emociones a través de la fotografía e intentar generar cambios a través de la imagen.” Así definen sus miembros al fundamento de la cooperativa que crearon en 2006, pero que tuvo génesis en la crisis de 2001. Se trata de seis jóvenes que, con sus cámaras, buscan mostrar las múltiples otras caras de las realidades parciales que circulan en los medios de comunicación masiva, agregándole a su labor fotoperiodística su pulso y ojo artístico: “Antes del clic está la idea, y luego la foto”, le explicaron su técnica a Agencia NAN.


Por Nahuel Lag
Fotos gentileza de Subcoop

Buenos Aires, enero 22 (Agencia NAN-2009).- “Asambleas, piquetes, cacerolazos. En ese momento la fotografía se daba paralelamente a los acontecimientos sociales y políticos. Salíamos a la calle a cualquier hora cumpliendo una labor periodística, pero de contrainformación", explica el fotógrafo Ignacio Smith sobre la situación que vivió el país en medio de la crisis de 2001 y 2002, que sacó a la calle a muchos jóvenes, a retratarla con sus cámaras. Pero lo vivido en aquellos días, además, se convirtió en la génesis de la Subcoop, un espacio en el que seis fotógrafos buscan expresar sentimientos, dar voz a las problemáticas invisibilizadas sin caer en la lógica del reportero de medios, sin dejar de lado lo artístico, pero sin olvidarse, tampoco, de que deben vender para poder sobrevivir.

Las manifestaciones de 2001 y la lucha en la que continuaron los movimientos de desocupados en 2002 fueron los puntos de encuentro de Nicolás Pousthomis, Sebastián Hacher e Ignacio Smith. La naciente Indymedia, una agencia de noticias alternativa que forma parte de una red mundial de contrainformación homónima, fue el soporte donde publicar los primeros trabajos.

Luego de un período de renovación creativa, en 2006 se puso en marcha la cooperativa de fotógrafos “Sub”, en la que también trabajan Nancy Lucero, Olmo Calvo Rodríguez y Gisela Volá. Sus fotorreportajes buscan, desde allí, mostrar otra cara de la realidad, con un objetivo claro: romper con la lógica del fotorreportero de medios.

“Los fotógrafos de medios están insertos en una lógica que limita la concepción fotográfica, no da riendas sueltas a la expresión de la imagen. Tiene que seguir una línea editorial en la que la lógica es que sos un empleado más. Por eso, en la cooperativa está el espíritu de lo que hacemos: laburar sin jefe, compartiendo conocimientos, herramientas. Y también peleándonos, pero siempre desde una lógica puramente fraternal”, explicó Smith.

Con la “Sub” como búnker ubicado en la casa de Nicolás y Gisela, las reuniones son constantes para enfrentar “dilemas” como ver con qué medio u organización se trabaja y a quién se le vende. En la actualidad, los trabajos son publicados en la revista MU, de Lavaca.org, otro medio alternativo; en el Centro Cultural de la Cooperación, en revistas del grupo La Nación y en medios del exterior.

“Siempre estamos en el brete de vender fotos a los medios, pero apuntamos a conciliar lo que es el ingreso económico con nuestra vocación y el arte”, asegura Ignacio. Ahí, el espíritu de la cooperativa. Los ingresos se comparten y otro poco sirven para pagar el alquiler y los viajes a los barrios o a los países vecinos, según el proyecto de cada artista. Sin pensar en la venta sino en la realidad que buscan reflejar, clic tras clic.

- ¿Por qué Sub?
- Refleja lo que intentamos transmitir a través de la fotografía: aquello que está tapado pero latente. Los medios de comunicación masiva reflejan un sector muy parcial de la realidad social y desde la cooperativa lo que queremos es reflejar la otra historia.

- La fotografía, cuando muestra la realidad, también la recorta. ¿Cuál es el recorte que hacen desde Subcoop?
- El recorte está condicionado por la concepción social o ideológica que mamamos durante estos años. Nos sentimos ligados a la gente que retratamos. No da lo mismo retratar una modelo que una comunidad mapuche que está defendiendo sus tierras en Neuquén. El recorte estaría en reflejar la realidad desde el lugar de la gente. De alguna manera, el proyecto tiene ese trasfondo político que significa intentar trasmitir emociones a través de la fotografía e intentar generar cambios a través de la imagen. Esto también nos diferencia con lo que hacíamos durante los primeros años, que era buscar sólo la noticia y la denuncia.

- ¿Creés que dejaron de lado la denuncia?
- No sé por dónde pasa “la denuncia”. En aquel momento creímos que era estar constantemente mostrando la represión del Estado, pero lo que transmitimos ahora puede llegar a ser mucho más radical: mostrar gente que muchas veces es invisibilizada por los medios o demonizada, a quienes nosotros le damos cierto espacio de expresión. Tampoco nos creemos unos vanguardistas que vamos a tomar la voz de los otros, pero sí llevársela al resto de la sociedad.

- ¿Cómo se refleja esa evolución en las fotos?
- Por ejemplo, antes íbamos a los piquetes y sacábamos fotos a los encapuchados (por los piqueteros que utilizan sus remeras como pasamontañas dejando ver sólo sus ojos) y terminábamos siendo la otra cara de la misma moneda. Los medios demonizaban así a los movimientos de desocupados y nosotros los reivindicábamos desde el mismo fetiche. Tuvimos que encontrar la vuelta para no mecanizar la fotografía.

- En la actualidad, ¿qué es lo que los saca a la calle?
- Nuestra lógica fue cambiando: de estar en la calle, pase lo que pase, fue mutando en algo con más contenido, no tan sometido a la coyuntura diaria sino a cuestiones más estructurales. Entonces, se trata de que el recorte sea lo menos acotado posible, expresando la realidad de la gente como un todo y no a partir de detalles que puedan ser más llamativos o más mediáticos. Nuestra idea es contar historias a través de las fotografías, con una línea de interpretación que siguen las fotos de cada reportaje.

“Cada reportaje” significa cualquiera de los alrededor de cincuenta que los seis fotógrafos realizaron. Y la “línea de interpretación” consta de series de fotos que permiten contar una historia sin la necesidad de recortarla en una sola imagen. “El trabajo que se hace desde los medios es justamente boicotear la verdadera historia que hay detrás de una imagen”, analizó el fotógrafo de rastas.

El Plan 3000 o el Barrio 23 fueron retratados para mostrar la realidad barrial en la que se gestan los movimientos de Evo Morales, en Bolivia, y Hugo Chávez, en Venezuela. Otras series de imágenes digitalizadas y colgadas en la página de la “Sub”, muestran, toma tras toma, la realidad del Bajo Flores o de Barracas, la lucha de los pueblos originarios por sus tierras, los rituales a los santos paganos, las alternativas que presentan las organizaciones sociales para aquellos que han sido despojados por el sistema o la alternativa que propusieron los trabajadores al tomar las fábricas y sostener sus puestos de trabajo luego de la crisis de 2001.

“Hasta ahora, el laburo más colectivo que hicimos fue el de 5 refugiados+5 fotógrafos+5 miradas (exhibido en el Centro Cultural Borges entre septiembre y octubre pasados) fue como un bautismo para nosotros. Nos pasamos días y días con nuestros refugiados, rompiendo cierta barrera que siempre existe entre el fotógrafo y el retratado, para así tomar una confianza que cambiara la situación fotográfica”, detalló el fotógrafo, que dejaba ver desde su remera un par de ojos palestinos enmarcados por uno de esos pañuelos que en nuestro país resignificaron los rollingas.

- ¿Qué pasa cuando laburan de a dos? Porque la cámara ofrece lugar para un solo ojo…
- Se rompe un poco la lógica individualista que tiene todo fotógrafo. La fotografía es, por definición, un arte puramente individual, y el hecho de laburar colectivamente o de a dos te abre un poco la perspectiva. Te saca del centro y aporta más elementos. De todas maneras, cada trabajo es un ejercicio total: está la idea y después la foto, no es sólo el clic.

- Si tuvieran que ubicar el trabajo de la Subcoop como un espacio de arte o periodístico, ¿dónde lo colocarían?
- No lo podemos dividir, apuntamos a que sea las dos cosas. No podemos negar que laburamos para medios y que vivimos de eso, pero en ningún momento pensamos resignar nuestro costado artístico por lo más mediático. Lo nuestro pasa por el arte y por la comunicación.

- ¿Y en relación con lo político?
- Particularmente, intento jugar en el límite. El objetivo sería estar en la línea sin caer en el panfleto ni en la imagen sin sentido.

- ¿El fotorreportaje puede decir más que mil palabras?
- Sí, dos mil. Como fotógrafo, uno siempre cree que está contando historias con imágenes. Hay que ver cómo la gente interpreta cada trabajo, pero da mucho material para procesar. Además, buscamos romper con la lógica de videoclip, porque cualquier fotorreportaje requiere algo del observador: un tiempo, un análisis. Son historias en las que se tiene que ver hasta la última foto, sino pierde sentido.


Sitio: http://www.sub.coop

4.12.08

Por amor al arte.-


Los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano decidieron tomarla como forma de protesta ante la intención del Gobierno porteño de unificar tres escuelas en un Instituto Superior Metropolitano de Artes, lo que no sólo plantea una diferencia conceptual entre el estudiantado artístico y la dirigencia política (¿la escuela o el instituto, las artes bellas o superiores?), sino que también representa una amenaza: “El ISMA no tiene plan de estudios y el gobierno quiere poner a sus rectores a dedo”, denuncian.


Por Nahuel Lag

Buenos Aires, diciembre 4 de 2008 (Agencia NAN-2008).- “¡Profesorado en la Belgrano ya!” El reclamo se multiplica desde el 10 de noviembre, cuando los estudiantes y docentes de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano decidieron tomarla y comenzar a realizar actividades artísticas como manera de reclamar que el Gobierno de la Ciudad de marcha atrás a la iniciativa de anular el título de Maestro Nacional de Dibujo que la escuela otorga hace 105 años.

La escuela fue fundada por el prócer que le da nombre y, desde entonces, suma años de tradición formando artistas. Ariel Santamarina es uno de los maestros egresados de la Belgrano. Sin embargo, está parado frente a la Legislatura Porteña pidiendo una firma “para que no cierran la escuela”. Ése sentido de identidad es lo que liga a los estudiantes, docentes y egresados con la institución y lo que los empujó a tomar la escuela, que hoy tiene su sede en Barracas, para que el gobierno de Mauricio Macri no avance en la intención de crear el Instituto Superior Metropolitano de Artes (ISMA).

Los caballetes ocupan la mitad de Avenida Mayo, entre la jefatura de Gobierno porteña y el Cabildo. Sobre ellos, las obras de arte de los estudiantes de la Belgrano protestan en silencio, pero con la explosión de los colores acrílicos, el gesto adusto de las esculturas y la profundidad de las xilografías que se apoyan en la estructura del edificio de la Revolución de Mayo.

Las obras intentan que los funcionarios recuerden lo acordado en septiembre sobre respetar el programa de estudio centenario y no reducirlo en la Belgrano. A la escuela se impondría, desde el ISMA, que aún no tiene un plan de estudios, un presupuesto asignado. Y se pondrá a dedo a rectores y consejos académicos.

El ISMA es la iniciativa a través de la que el macrismo fusionaría las escuelas de arte porteñas Belgrano, Lola Mora y Rogelio Yrurtia en un solo bachillerato técnico, sin respetar los programas de estudios particulares ni la identidad de cada escuela. En el caso de la de Barracas, la fusión implicaría la anulación del título de Profesor de Dibujo, ése que la escuela consiguió seguir entregando más allá de La Ley Federal de Educación Superior impuesta por el menemismo.

“Es algo totalmente antidemocrático, que no tiene sustento ni en el presupuesto ni en un plan de estudios”, sentenció Eva Medeiros, presidenta del Centro de Estudiantes de la escuela de Barracas, antes de resaltar que, aún así, la cartera de Educación porteña ya abrió las inscripciones.

Los volantes que riegan el piso dejan clara la demanda: “Respeto a la identidad histórica”, “Los estudiantes no negociaremos nuestras garantías”. El caminito de papeles termina en lo que parece un “homicidio artístico”, una estudiante yace en el piso mientras una compañera le marca la silueta. Pero no. La lucha no terminó ahí, sino que es parte de una de las tantas intervenciones que los estudiantes dejaron en el asfalto porteño.

La encargada de contornear lo que parecía un suicidio romántico es Anabel Castignoli, estudiante de primer año, que asegura que aún no puede creer cómo el arte quiere ser desplazado de la educación: “A través del arte la gente se expresa, dice lo que siente. El ser humano innatamente produce arte porque es su única forma de trascender, de reflejar la historia. Y si hoy estamos en la calle con nuestro arte es porque algo no anda bien”.

Las grandes planchas de madera que fueron el soporte de varias obras, y realizaron un cerco para exponer algunos cuadros y esculturas en plena calle, se abrieron liberando el paso a los estudiantes de ambas veredas --los que estaban frente a la jefatura de Gobierno y los que pintaban a espaldas del Cabildo--, para que se unan y desparramen su arte por toda la avenida.

Uno, dos, tres… diez muchachos levantan la obra más grande de la tarde, la apoyan nuevamente contra el suelo, en el medio de la avenida, de frente a la Casa Rosada. A primera vista, la obra hecha con los restos de todas las demás y con un poco de material recogido de la calle --la “identidad” se hace presente, es imposible no recordar los collages de Antonio Berni, egresado de “la Belgrano”-- puede asemejarse a un árbol navideño cuyas guirnaldas son serigrafías que advierten: “Sin profesores no hay educación”, “PRO-testa”.

Rodeado de policías uniformados y de civil que comienzan a inquietarse y aumentar en número, más que un árbol de navidad, parece un Caballo de Troya. Catriel cursa el tercer año del magisterio y, aunque las clases ya terminaron, está con brocha en mano y barba pintada continuando con la obra colectiva.

“La obra surgió espontáneamente como manifiesto de la furia y el espíritu colectivo de los estudiantes que estamos unidos en contra del gobierno y con la voluntad de defender la escuela. Salir a la calle, si bien es una forma de reclamo, quizá también es una manera de volver a recuperar el espacio público que merece el arte y que merece todo ser humano de estar en contacto con la sensibilidad, y ver las expresiones artísticas de los demás como también participar en ellas para revalorar su espíritu y no creerse que tiene que comprar o ser rehén de seguridades que le crea el capitalismo”, pintó el estudiante.

La protesta de la escuela de Barracas no es aislada. Meses atrás, más de una decena de colegios porteños también tomó las escuelas para después llevar sus reclamos a las calles, que en aquella ocasión atendían a un recorte en el régimen de becas estudiantiles. “Las tomas son una medida muy valorable porque es apropiarse de una educación que es de todos”, indicó la presidenta del Centro de Estudiantes sobre la toma que lleva más de tres semanas en Barracas y que en ese período abrió las puertas al barrio con talleres de todas las disciplinas y con la presencia de intelectuales como Osvaldo Bayer. Y este sábado seguirá con la presencia del artista Antonio Pujía, otro egresado de la Belgrano.

“¡Atentos! ¡Alto!” El grito hizo olvidar a todos de las actividades que se venían desarrollando, cuando frente a los más de cincuenta estudiantes se instaló una fila de policías con botas, palos, escudos y todo lo demás. “¡Arte! ¡Arte!” fue la respuesta estudiantil, tan espontánea como el Caballo de Troya.

La amenaza policial sólo hizo que los estudiantes se sentaran en círculo sobre la avenida a pintar modelos vivos y bosquejar el escenario contrastado entre artistas y policías. El arte callejero estaba amenazado como el título de magisterio, pero el docente de Mural Gerardo Cianciolo se animó a definir la situación y la protesta: “Esto desmitifica que el arte tiene que estar entre cuatro paredes para tener validez y, más aún, cuando está acompañado por un reclamo justo”.

“Menos policía y más educación” quedó fijado con pintura blanca en la calle. Mensaje que no fue el último de los estudiantes de la Belgrano, que continúan con la toma “por tiempo indefinido” mientras esperan que el Gobierno Nacional, la cartera de Educación y la legislatura porteña apoyen la iniciativa de declarar a la escuela como patrimonio cultural, y alejen el arte de cualquier amenaza.

20.11.08

Hernán Merlo, o el jazz más allá del viento

El contrabajista y vecino de Banfield participará el domingo del festival de jazz que organiza el Teatro Ensamble, uno de los "espacios más estimados" por los artistas del género, según reveló en una entrevista en la que habló también de la importancia del jazz en el conurbano y de su proyecto musical Neo4tet.

Por Nahuel Lag. Auno, 20 de noviembre de 2008.- Saxo, trompeta, piano, batería, guitarra y contrabajo son los principales instrumentos que se necesitan para hacer jazz, se trate de tríos, cuartetos, quintetos o de las big bands. Pero el próximo domingo, en el marco de la tercera jornada del II Festival de Jazz del Banfield Teatro Ensamble, el contrabajista Hernán Merlo –-uno de los mejores del país, según la crítica especializada—- se presentará en escena con Neo4tet, una formación más cercana al rock: bajo, batería, y dos guitarras.

Aunque la banda no tiene vientos, se precisarían los pulmones de grandes intérpretes como Miles Davis o Louis Armstrong para recitar de corrido el extenso curriculum de Merlo, que tocó con músicos de la talla de Pocho Lapouble y Roberto "Fats" Fernández, o los estadounidenses Joe Pass y Charlie Haden.

Sin embargo, el jazzman, vecino de Banfield, se mostró "feliz" de hacer escuchar sus composiciones "a la vuelta de su casa", y de armar un "piso musical" junto al baterista Fermín Merlo, para que las guitarras de Juan Arredondo y Partricio Carpossi le otorguen color y timbre a la presentación de Neo4tet.

--El no contar con vientos, ¿qué juego musical le permite a Neo4tet?

--Las dos guitarras están tratadas como un solo instrumento, y eso permite lograr interesantes variaciones de timbre, que generan una sensación única. Además, cuenta mucho la forma de tocar, algo que en el jazz siempre es muy importante.

--¿Con qué se va a encontrar el público cuando escuché a esta banda?

--En principio, todo lo que vamos a tocar es música mía que, en general, la mayoría de la gente no escuchó. No sé si el público se encontrará con algo novedoso. Lo que sucede es que la propuesta de Neo se basa en una relectura de ciertos formatos clásicos del jazz.

--¿Cree que desde Argentina surgió una nueva manera de hacer jazz?

--No creo que haya una forma particular o novedosa de salir hacia el mundo, pero sí hay obras que tienen mucho valor artístico e interpretativo. Además, aunque a los jazzistas nos ayudó mucho la globalización, en Argentina parece que todo estuviera como escindido. Se habla sólo de Buenos Aires, y nadie sabe qué es lo que pasa en otras ciudades.

--Entonces, el avance en las comunicaciones sirvió para expandir el jazz hacia el exterior, pero no dentro del país...

-- Totalmente, los músicos de Buenos Aires sólo tocamos acá y a los artistas del resto del país no se los conoce. Quizás, a partir de sitios como MySpace, uno puede conocer algunos trabajos. Pero hace 30 años que toco y en el único lugar del interior donde actué fue en Rosario. En Europa, los músicos tienen más intercambio. Es verdad que las distancias son más cortas, pero allá existe un mayor desarrollo cultural.

--En Buenos Aires parece gestarse una revalorización del jazz a partir de la profusión de festivales. ¿Coincide?

--Sí, pero empujado por la necesidad de los músicos. No sé si esto se da a pedido del público. Sí hay más espacios, es porque están puestos a pulmón por los artistas.

--¿Cuál es la importancia de un espacio como el festival del Ensamble?

--Es muy importante. En el ambiente de los músicos del jazz se comenta que es uno de los mejores lugares para tocar, tanto por la capacidad, como por el espacio, el escenario y la acústica. Lo bueno del Ensamble es que uno siempre se va con la sensación de haber hecho lo que deseaba.

--¿Puede la zona sur convertirse en un polo alternativo para el jazz?

--Es una posibilidad que está relacionada con la oferta y la demanda. Hay músicos de capital que quieren venir, pero lo que pasa es que no hay mucha cantidad de espectadores en esta parte del Conurbano. Igual, el circuito porteño tampoco es tan grande, los lugares específicos de jazz deben ser tres o cuatro, nada más.

--Remarca la cuestión de la escasez de público. ¿El jazz es sólo para una elite?

--En parte sí, y es porque el gran volumen de oferta es instrumental, a pesar de que existe el jazz cantando o para bailar. La música masiva debe presentarse en un formato danzante, como pasó con el jazz en la década de 1930, lo mismo ocurre acá con el tango. Por eso a Astor Piazzolla no le fue tan bien en Argentina. Además, la música popular se impulsa con las letras, con modas, cortes de pelo y formas de vestirse que hacen que se mueva una maquinaria muy grande y de mucho dinero.

NL-LP-LDC
AUNO-20-11-08

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